*Se recomienda escuchar:
Se desnudó frente al espejo. Completo.
Su cuerpo a la luz media de la
tarde asemejaba un paisaje rugoso y frío como una montaña nevada que formaba
relieves de sus cicatrices, mismas que tanto orgullo le habían causado y ahora
sólo traían vergüenza, dolor. Si quizá fuera normal… tachó ese pensamiento de
su mente. No podría ser de ninguna otra forma. Se abrazó a sí mismo con los
ojos cerrados, sus uñas enterradas cada vez más profundo en sus hombros. Se fue
desnudando la piel, observando su sangre recorrerle densa y espesa como cuerdas
graves de un melancólico violín. Se desnudó los órganos, uno por uno, sin
olvidar sus genitales, se desnudó el corazón y lo tomó entre sus manos… y
apretó. Apretó in pensarlo, apretó con tal de sentir algo. Lágrimas escapaban
sus ojos, sangre recorría su espalda desnuda, sudor envolvía cada fragmento de
su cuerpo. Apretó tan duro que comenzó a gritar de desesperación, dejando salir
toda la rabia contenida, envuelto en un abismo circular que lo aislaba del
resto del mundo. La realidad comenzó a temblar y su imagen comenzó a desfasarse.
Mareado, apretó aún más, apretó hasta que el líquido carmín en sus manos era ya
seco, hasta que el sudor estuvo ya frío, hasta que su garganta no podía emitir
más sonido.
Exhausto, temblando de pies a
cabeza, apenas sosteniéndose en pie, se miró de nuevo en el espejo. Ahí, desnudo,
lleno de distintos fluidos, expuesto, visceral, lleno de dolor y resentimiento,
se esbozó a sí mismo una ligera sonrisa. Entonces apretó más, y más, hasta que
su corazón se convirtió en una piedra. El dolor era un aullido insoportable que
le atravesaba el cuerpo y le taladraba la cabeza, le sangraba la nariz del
esfuerzo, se le astillaban los huesos, le helaba un metálico ardor en el pecho,
pero seguía ahí, de pie, gritando, apretando, llorando, gimiendo, sudando, doliendo.
Por una fracción que pareció infinita, el dolor era lo único que conocía. Cada célula,
cada trazo, cada vello le punzaba, palpitaban frenéticamente como ese músculo
obsoleto en sus manos. Y, entonces, cuando la fuerza le fue abandonando el
brazo, cuando ya no pudo apretar más, estalló una luz incandescente entre sus
dedos.
Tumbado, agonizando y apenas
respirando, su cuerpo es un nudo débil y contracturado, sus venas son aleteos
de colibrí oscilando entre el frío y el calor. Derrotado, con una mano en sus
genitales y la otra extendida en un brazo lánguido frente a su rostro, observó
un cristal descender lentamente sobre su palma y sintió un suave destello
cobijarle entero proveniente del objeto. Se miró rendido en el reflejo del
diamante… y se esbozó una sonrisa. Finalmente había muerto.
*Pintura de rotuladores con pasteles por Carlos Don (Atl), derechos reservados.